El peso compartido: Dos mujeres frente al destino (Parte 3)
Después de que Eliza me confesara la verdad, el aire en la pequeña cabaña de Vermont cambió. Ya no había sospechas, solo una tristeza inmensa que nos unía. Me di cuenta de que Eliza había estado cargando sola con un peso que habría destrozado a cualquiera. No solo cuidaba de su esposo, sino que protegía mi corazón, sacrificando su propio descanso para mantener una ilusión de normalidad.
Un pacto de amor y silencio
"Has cargado con esto sola demasiado tiempo, hija", le dije mientras la abrazaba. A partir de ese día, me convertí en su aliada. Entendí por qué Eliza desmontaba la cama cada mañana. La leucemia avanzada de Gabriel provocaba hemorragias nasales y de encías durante la noche, y el sudor frío de la fiebre empapaba las telas.
Empezamos a compartir las tareas. Mientras ella bañaba a Gabriel y le leía pasajes de sus libros de arquitectura favoritos, yo me encargaba de que las sábanas blancas estuvieran siempre listas. Aprendí el arte de limpiar el rastro del dolor sin que él se diera cuenta. Cocinaba caldos suaves y purés que él pudiera tragar, y fingíamos que todo estaba bien cuando él bajaba a la sala con su paso lento.
Gabriel sabía que yo lo sabía. Lo vi en la forma en que me tomó la mano una tarde de julio mientras veíamos el atardecer desde el porche. Sus ojos, hundidos pero brillantes, me pedían perdón por el secreto. No hacían falta palabras. El verano avanzaba y el calor de Vermont parecía consumir sus últimas fuerzas, pero su espíritu se mantenía intacto gracias al cuidado feroz de Eliza.