Hojas de óxido y seda: El último suspiro de Gabriel (Parte 4)

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Hojas de óxido y seda: El último suspiro de Gabriel (Parte 4)



Llegó el otoño, tiñendo los manzanos de Vermont con colores óxido y ámbar. El aire se volvió frío y cortante, y con él, la salud de Gabriel entró en su etapa definitiva. Ya no bajaba al jardín; su mundo se había reducido a la cama de sábanas blancas que Eliza mantenía con una pureza casi religiosa.

La calma antes de la partida

Una mañana de domingo, el sol se filtraba suavemente por las cortinas. Gabriel estaba inusualmente tranquilo. Suspiró profundamente y miró a Eliza, quien sostenía su mano con una firmeza que desafiaba a la muerte misma. Yo observaba desde el umbral de la puerta, con el corazón apretado por una mezcla de gratitud y agonía.

"Ya puedes descansar"

Eliza se inclinó y le susurró al oído: "Estás a salvo, mi amor. No te preocupes por nosotros. Ya puedes descansar". Gabriel exhaló un último suspiro, suave como la caída de una hoja de otoño. Su pecho se elevó una vez más y luego quedó inmóvil. El silencio que siguió no fue aterrador; fue una paz ganada a base de lucha.

No hubo gritos de desesperación. Eliza se quedó allí, acariciando su frente durante horas, entrelazando sus dedos con los de él. Su rostro estaba sereno, como si finalmente hubiera entregado el tesoro que tanto protegió a salvo en las manos del universo. El ritual de las sábanas había terminado, pero su significado apenas comenzaba a florecer en mi alma.

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