Zoé: La mujer que veía lo que la ciencia ignoraba

PARTE 2 • LA SABIDURÍA DEL PUEBLO

Zoé: La mujer que veía lo que la ciencia ignoraba


En el momento más oscuro de la madrugada, cuando el cansancio de Alejandro se mezclaba con una desesperación que bordeaba la locura, escuchó un leve roce en la puerta. No era el paso firme de las enfermeras ni el andar seguro de los médicos. Eran pasos cuidadosos, como si alguien caminara sobre cristal para no despertar al destino. Era la encargada de limpieza nocturna: una mujer bajita, de rostro surcado por las líneas del trabajo duro y ojos que parecían haber visto mil historias de supervivencia, llamada Zoé. Llevaba apenas mes y medio trabajando en esa mansión. Era una sombra más en la casa, alguien que casi no hablaba, que siempre miraba al suelo y hacía su trabajo con una eficiencia silenciosa, evitando llamar la atención de los dueños de aquel imperio.

Pero esa noche, algo en el ambiente detuvo a Zoé. Se quedó en la entrada unos segundos más de lo normal, observando la escena con una profundidad que Alejandro notó de inmediato. No era la mirada de un curioso, ni el morbo de quien ve la desgracia ajena. Era preocupación real. Era como si Zoé estuviera viendo algo que los demás, con sus estetoscopios y máquinas de millones de dólares, simplemente no podían percibir. "¿Se le ofrece algo?", preguntó Alejandro con una dureza nacida del agotamiento. Estaba irritado por la presencia de cualquiera que no trajera una cura mágica. Zoé tragó saliva, sus manos apretaban el trapo de limpieza, pero no retrocedió. "Perdón, señor… yo…", titubeó. "Es que… yo he visto esto antes. En mi pueblo, en Guerrero… le pasó a una señora".

Un diagnóstico diferente

Alejandro apretó la mandíbula, sintiendo una chispa de rabia. "¿Y qué? ¿Me va a decir que usted sabe más que los neurólogos que traje de Europa?", espetó. Zoé negó con la cabeza con una humildad que desarmaba. "No, señor. No mejor. Solo… distinto. Y si usted me permite… yo podría intentar algo". Alejandro alzó una ceja, absolutamente incrédulo. La idea de que la señora de la limpieza tuviera la respuesta que la ciencia médica mundial no encontraba le parecía un chiste de mal gusto. Estuvo a punto de ordenarle que se fuera, de gritarle por su insolencia. Pero en ese preciso instante, Doña Margarita soltó un gemido tan desgarrador que el aire pareció vibrar. Se arqueó violentamente, llevándose la mano a la sien izquierda como si un clavo ardiente la estuviera atravesando. Alejandro sintió que el estómago se le hundía. La desesperación venció al orgullo. "¿Qué… qué es lo que quiere hacer?", preguntó en un susurro ronco.

Zoé dio un paso adelante, entrando finalmente en el círculo de luz de la lámpara de noche. Le temblaban las manos por el miedo al patrón, pero en sus ojos apareció una firmeza tranquila que Alejandro nunca había visto en ninguno de sus socios comerciales. "Suena raro, señor, lo sé. Pero a veces el dolor no viene de la carne. Viene porque una persona carga con algo ajeno. No físico… sino algo que se le pegó por dentro. Como un trabajo… como una envidia… como una cosa que no es de uno y que se alimenta de la vida". Alejandro abrió la boca para burlarse, para soltar una risa amarga sobre supersticiones, pero las palabras se quedaron atrapadas. Zoé no sonaba como una charlatana; sonaba sincera, con la seguridad de quien conoce una verdad antigua. Alejandro se inclinó hacia su madre. "Mamá… ¿me dejas? Por favor, deja que lo intente". Margarita abrió los ojos, empañados por el dolor, y asintió levemente con una súplica silenciosa en la mirada.

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