La madre del millonario sufría en silencio, hasta que una extraña vio lo invisible

PARTE 1 • LA IMPOTENCIA DEL ORO

El millonario Alejandro Romero y el dolor invisible de su madre



El silencio en la mansión de Las Lomas no era un silencio de paz, sino de sepulcro. Alejandro Romero, un hombre cuya firma podía mover mercados financieros internacionales y cuya mirada intimidaba a los directores ejecutivos más audaces, se encontraba ahora reducido a un simple espectador de la tragedia. Su madre, Doña Margarita Andrade, el único ancla emocional que le quedaba en un mundo de tiburones, se estaba apagando como una vela en una habitación sin aire. Alejandro se sentó al borde de la cama enorme, tallada en madera oscura, apretándose las sienes con dedos finos y tensos. El dolor que ella sentía parecía transmitirse por el aire, una energía pesada que llenaba los techos altos de la habitación. No era un simple dolor de cabeza: era una ola lenta y pesada que se le extendía por el cráneo como si alguien adentro agitara campanas invisibles.

Durante meses, la rutina de Alejandro se había transformado. Ya no despertaba con el sonido de la bolsa de valores, sino con los gemidos ahogados de su madre. Había traído a los mejores médicos de la Ciudad de México: neurólogos con doctorados en Harvard, cirujanos que habían operado a reyes y terapeutas del dolor con técnicas experimentales. Todos, sin excepción, habían pasado por esa casa. Miraban los estudios, fruncían el ceño ante las resonancias magnéticas de última generación y repetían frases iguales como si leyeran un libreto predecible y estéril. "La tomografía está perfecta", decían. "Los análisis son impecables", añadían con una sonrisa profesional que a Alejandro le daban ganas de borrar de un golpe. "La presión… mejor que la de una joven de veinte", concluían, dejando a Alejandro con una factura de miles de dólares y ninguna solución.

Un hospital privado entre muros de mármol

Alejandro, acostumbrado a resolver cualquier problema con dinero, contratos o tecnología, se estaba quebrando por primera vez en su vida. No entendía cómo, en pleno siglo XXI, con toda su fortuna, no podía comprar un gramo de alivio para su madre. Había traído especialistas de Japón, Alemania y Suiza en vuelos privados. Había comprado medicamentos rarísimos que aún estaban en fase de prueba y terapias que costaban más que una casa de lujo. Incluso ordenó que adaptaran el ala norte de la mansión como un mini hospital: máquinas de monitoreo constante, camas clínicas con control de temperatura, enfermeras de élite disponibles las 24 horas. Pero nada de eso ayudaba. La enfermedad —o lo que fuera que la estuviera devorando— vivía en la cabeza de su madre como una sombra que no se podía expulsar con bisturís ni con fármacos. Margarita perdía el conocimiento constantemente, volviéndose pálida, como si la vida se le escapara a escondidas por los poros de su piel.

Aquella noche fue, sin duda, la peor de todas. El cielo afuera estaba cargado de nubes negras y el viento golpeaba los ventanales reforzados de la mansión. Alejandro estaba sentado junto a la cama, sosteniendo la mano fría y casi transparente de Doña Margarita. Ella respiraba con una dificultad mecánica, sus labios estaban casi sin color, secos y agrietados. Sus ojos temblaban cada vez que el dolor regresaba como un golpe de mazo invisible. Alejandro tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta que no lo dejaba respirar. "Mamita… aguanta, por favor", susurró con la voz rota. "Ya viene el doctor… ya casi llega el nuevo especialista". Pero ni él mismo se creyó sus propias palabras. Sabía que el próximo médico diría lo mismo que los últimos cincuenta. Estaba perdiendo a su madre en una habitación llena de oro, y no había nada que su cuenta bancaria pudiera hacer al respecto.

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