La extracción del mal: Un secreto arrancado del aire

PARTE 3 • LO IMPOSIBLE SUCEDE

La extracción del mal: Un secreto arrancado del aire


Zoé pidió que todos salieran de la habitación, pero Alejandro se negó rotundamente. "Yo me quedo", dijo con una firmeza que no admitía réplicas. "No me muevo de aquí". Zoé no discutió; simplemente asintió, entendiendo el vínculo que unía a ese hombre con su madre. Caminó con pasos lentos hasta la cabecera de la cama. Dejó su equipo de limpieza a un lado y levantó las manos, manteniéndolas a unos centímetros de la cabeza de Margarita, como si estuviera escuchando el aire o sintiendo una vibración invisible. Cerró los ojos y empezó a respirar de forma acompasada. En ese instante, el cuarto se hundió en una quietud extraña y casi sobrenatural. El viento que golpeaba afuera pareció silenciarse de golpe. Ningún monitor pitó. Hasta la respiración de Doña Margarita se volvió un hilo imperceptible. Alejandro sintió que el tiempo se detenía, que el espacio entre las paredes de la mansión se volvía denso y cargado de una electricidad estática.

Zoé empezó a hablar en un susurro que parecía venir de muy lejos: "Aquí hay algo muy viejo… algo muy pesado…". Señaló con un dedo tembloroso la sien izquierda de la mujer. "Presiona como una piedra, quema como el fuego". Alejandro sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos. "¿Qué es eso?", preguntó con voz ronca, casi con miedo. Zoé abrió los ojos, pero no lo miró a él; su vista estaba fija en el espacio vacío sobre Margarita. "Algo que no le pertenece. Algo que alguien que ella conoce le dejó para verla caer". Sus dedos se acercaron a la cabeza, moviéndose rítmicamente, como si estuviera palpando una capa invisible de materia oscura que rodeaba el cráneo de la anciana. Alejandro observaba hipnotizado, incapaz de apartar la vista.

La Piedra del Envidioso

De pronto, Zoé se detuvo en seco. Sus manos se cerraron sobre algo que Alejandro no podía ver. Doña Margarita lanzó un grito súbito, pero no fue un grito de agonía. Fue como un suspiro violentísimo, como si un peso de mil toneladas hubiera sido arrancado de su pecho en un segundo. Zoé apretó los dedos en el aire, hizo un movimiento rápido de muñeca, y entonces Alejandro vio lo imposible: en la palma de la mano de la empleada apareció un objeto diminuto, una bolita oscura del tamaño de un chícharo, pero de un negro tan profundo que parecía tragarse la luz de la habitación. No era algo orgánico, no era algo que pudiera haber salido de un cuerpo humano de forma natural. Alejandro se quedó sin aire, su mente racional luchando por procesar lo que sus ojos le mostraban.

Zoé se veía agotada, sudando, como si hubiera corrido kilómetros cuesta arriba. "Es un trabajo", dijo apenas, con la voz debilitada. "En mi pueblo le dicen 'la piedra del envidioso'. Es como un mal de ojo, pero mucho más fuerte, fabricado con odio puro. A su mamá le estaban robando la fuerza vital poco a poco… y le dejaron esto sembrado en la sien para que no tuviera descanso". Alejandro tembló, mirando aquel objeto inerte pero cargado de maldad. "¿Quién… quién sería capaz de hacer algo así?", preguntó, y la rabia empezó a sustituir al asombro. Zoé negó con la cabeza mientras envolvía la bolita en un pañuelo. "A veces lo hacen sin darse cuenta, por desear lo que el otro tiene. A veces, señor, sí lo hacen queriendo destruir. Yo no sé quién fue. Pero ya salió. Ya no está adentro". Margarita respiró profundo, sus pulmones llenándose de aire sin dolor por primera vez en meses.

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