La caída de la máscara: El traidor en el círculo íntimo

PARTE 4 • EL ROSTRO DEL ENEMIGO

La caída de la máscara: El traidor en el círculo íntimo


Al amanecer, la mansión parecía otra. Los médicos llegaron puntualmente, listos para repetir sus diagnósticos inútiles, pero se quedaron estupefactos. Revisaron a Doña Margarita y no podían dar crédito a lo que veían. La observaron caminar por la habitación con una vitalidad renovada, tomar un poco de té e incluso sonreír con una luz en los ojos que daban por perdida. "Es… increíble", murmuró el jefe de neurología. "Es como si el dolor hubiese desaparecido de golpe por un proceso biológico que no comprendemos". Alejandro no dijo nada. No quería que esos hombres de ciencia se burlaran de Zoé o intentaran racionalizar lo que él mismo había presenciado. Solo miró a su madre, sintiendo una mezcla de alivio infinito y una furia volcánica que empezaba a gestarse en su pecho.

Esa misma tarde, Alejandro activó toda su maquinaria de poder, pero no para comprar medicinas. Llamó a su jefe de seguridad personal y a un investigador privado de alto nivel. "Quiero saber exactamente quién entró al cuarto de mi madre en estas últimas semanas", ordenó con una frialdad que asustó a sus subordinados. "Quiero registros de cámaras de cada pasillo, registros de entradas, huellas dactilares si es necesario. Y no quiero que nadie se entere. Nadie. Ni mis socios, ni mis amigos más cercanos". La investigación avanzó lento, como una herida que se abre para mostrar la infección. En la casa había cámaras por todos lados, menos dentro del cuarto de Margarita por una cuestión de privacidad. Sin embargo, los registros de los pasillos revelaron una grieta espantosa en la confianza de Alejandro.

La traición del "hermano"

En tres noches distintas, siempre entre las dos y las tres de la mañana, una figura aparecía en los videos caminando con total tranquilidad hacia el ala privada de Doña Margarita. No era un médico, ni una de las enfermeras contratadas. Era Esteban Leal, la mano derecha de Alejandro, su director financiero y el hombre al que Alejandro llamaba "hermano" desde que ambos estaban en la universidad. En las grabaciones se veía a Esteban con una pequeña carpeta bajo el brazo y una bolsita de tela negra en la mano. Tocaba la puerta, entraba, permanecía unos minutos y salía con una expresión de satisfacción gélida. Alejandro sintió que el mundo se le venía abajo al ver las imágenes. "No… Esteban no…", susurró, pero las pruebas eran irrefutables.

El investigador encontró más: Esteban había realizado transferencias bancarias masivas desde una cuenta secundaria hacia una mujer en Veracruz conocida como "Doña Berenice", una mujer famosa por practicar rituales oscuros. Y lo peor estaba por venir. El equipo técnico recuperó un correo electrónico borrado del servidor personal de Esteban. La frase era corta, pero letal: "Cuando la señora ya no esté, Alejandro estará lo suficientemente quebrado como para firmar lo que sea. El control de la empresa será nuestro". Alejandro se quedó quieto, en un silencio absoluto. La rabia no explotó en gritos; se le congeló en la sangre, transformándolo en un verdugo. Esa noche, pidió una cena familiar tranquila, invitando a Esteban como si nada hubiera pasado. Quería ver al monstruo a los ojos antes de destruirlo.

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