Pensé que mis mareos eran cansancio… hasta que escuché su llamada

📖 Historia realista • Suspenso • Parte 1/5

Pensé que mis mareos eran cansancio… hasta que escuché su llamada (Parte 1/5)


Durante meses, después de cenar, algo en mi cuerpo se apagaba. Yo creía que era estrés… pero la verdad estaba sentada frente a mí.

Los mareos empezaron como una molestia pequeña. Una sensación leve, como si el aire se volviera más pesado cuando terminaba de comer. Al principio, no le di importancia. “Estoy trabajando demasiado”, me decía. “Me falta sueño”.

Pero con el tiempo la cosa cambió. No era solo un mareo. Era una caída lenta, como si mi energía se derramara por el suelo. Me pasaba sobre todo después de la cena, y eso era lo extraño: durante el día funcionaba casi normal, pero por la noche mi cuerpo se rendía.

—Amor, estás agotada —repetía Daniel, mi esposo—. Tu agencia te está matando. Deberías pedir vacaciones.

Daniel siempre sonaba razonable. Tenía esa forma de hablar suave, calmada, como un hombre que solo quiere ayudarte. Y yo lo conocía desde hacía años: nos conocimos en un evento de trabajo, hablamos de música, reímos como si el mundo estuviera de nuestro lado. Nos casamos rápido, quizá demasiado rápido, pero a mí me parecía amor.

Hasta que el amor empezó a sentirse… frío.

En los últimos meses, noté cambios. Pequeños, casi invisibles si no prestabas atención: Daniel ya no me abrazaba por la espalda mientras cocinaba, ya no me preguntaba cómo me había ido el día. A veces respondía con monosílabos, otras veces me miraba como si yo fuera una tarea pendiente.

Lo peor era su paciencia. Cuando me mareaba, él no se asustaba. Me observaba, traía un vaso de agua, me decía “siéntate”, y su voz era tan tranquila que me hacía sentir culpable por preocuparme.

Fui al médico. Me hicieron análisis. Un hemograma, niveles de vitaminas, pruebas básicas. Todo estaba bien.

—Puede ser estrés —dijo el doctor—. La mente también enferma al cuerpo. Descanse más, reduzca cargas.

Daniel estuvo conmigo en la consulta. Asintió, puso cara de esposo preocupado, y luego, en el coche, me dijo lo de siempre:

—¿Ves? Te lo dije. No es nada grave. Solo te estás exigiendo demasiado.

Quise creerlo. Porque la alternativa era horrible. La alternativa era pensar que el problema no venía de mi cabeza… sino de mi casa.

La noche del “clic” llegó un martes. Recuerdo que estaba lloviendo. Daniel preparó pasta con pollo, como tantas otras noches. Y mientras comíamos, noté algo que me erizó la piel: él no comía. O comía poco. Bebía agua y me miraba con una atención demasiado precisa.

—¿No tienes hambre? —pregunté, intentando sonar normal.

—Luego como —respondió—. Tú come tranquila.

Me observaba como si estuviera esperando una señal. Como si mi cuerpo fuera una pantalla y él estuviera mirando el momento exacto en que iba a ocurrir algo.

Cuando me levanté para ir al baño, pasé frente al espejo del pasillo. Mi rostro estaba pálido. Me apoyé en la pared. Volví a mirar hacia el comedor y vi a Daniel… sonriendo.

No era una sonrisa de ternura. Era una sonrisa rápida, pequeña, contenida. Y en cuanto se dio cuenta de que lo miraba, la borró como quien apaga una luz.

Esa noche no dormí.

Al día siguiente decidí probar algo. No podía seguir viviendo con dudas. Si mi cuerpo se apagaba por la noche, yo tenía que saber por qué.

Cuando Daniel preparó la cena, hice todo como siempre. Me senté, agarré el tenedor, sonreí. Pero esta vez, con cuidado, fui deslizando mi comida a un recipiente pequeño que escondí en mi bolso. Movimientos lentos. Ningún ruido. Ningún gesto raro.

Me tomé un sorbo de agua y fingí el inicio del mareo. Me levanté de la mesa, caminé hacia la sala, di dos pasos… y me dejé caer sobre la alfombra.

Caí con el peso justo para sonar real. Mi mejilla tocó el suelo frío. Cerré los ojos. Me quedé quieta.

Escuché la silla moverse. Pasos rápidos. Y entonces el silencio.

No gritó mi nombre.

No pidió ayuda.

Tomó su teléfono.

Y habló en voz baja, como si estuviera confirmando un pedido.

—Se desmayó… —dijo—. ¿La última dosis fue suficiente? ¿Cuándo recibiré el dinero?

Mi corazón se hundió. Sentí el aire desaparecer. Lo único que me salvó fue que ya había decidido fingir: si me movía, si respiraba fuerte, si lloraba, él podía darse cuenta.

Me mordí el interior de la mejilla para no temblar. Sentí el sabor metálico de la sangre. Y en ese instante entendí algo que me rompió por dentro:

Mis mareos no eran estrés.

No eran cansancio.

No eran amor.

Eran un plan.



Comments