El fuego de la justicia: La caída de los Alvarín (Parte 3)
Con el documento temblando en sus manos, Isabela comprendió por qué Nahuel traía "desgracia" a sus amos. Él no era un destructor, era un espejo. Nahuel llegaba a las casas de los poderosos y, con su mera presencia y su conocimiento de los secretos familiares, provocaba que las mentiras se desplomaran por su propio peso.
La confrontación al amanecer
Isabela enfrentó a Nahuel en los cafetales antes de que saliera el sol. "¿Sabías quién era mi padre?", preguntó ella, mostrando el papel manchado. Nahuel la miró con una calma aterradora. "Lo supe desde el día en que me marcaron con el sello de esta hacienda. Vine a ver cómo ardía el legado de un hombre que me negó el derecho a existir", respondió él.
Los "accidentes" que mencionaban los antiguos dueños empezaron a ocurrir. Pero no eran accidentes. Eran actos de sabotaje contra la corrupción de Baltasar Múgica, quien estaba robando cargamentos enteros de café para venderlos en el mercado negro.
Nahuel no buscaba el dinero de Isabela. Buscaba que ella viera la podredumbre sobre la que estaba construida su vida. "Tu esposo no murió de causas naturales, Isabela. Murió huyendo de las deudas que contrajo con hombres que ahora vienen a cobrar con tu sangre", le reveló Nahuel, entregándole una llave que abría un compartimento secreto en el almacén.