Dignidad tras las cadenas: El despertar de Nahuel (Parte 2)
El viaje de regreso a la hacienda fue un duelo de silencios. Nahuel caminaba atado a la carreta de Isabela, manteniendo el ritmo con una gracia animal que desentonaba con su condición. En mitad del camino, bajo el asfixiante bochorno de la selva, Isabela ordenó detenerse. Contra toda norma social de la época, bajó de la carreta y le ofreció agua de su propia jarra.
Él bebió despacio, con una elegancia que inquietó a la viuda. "Gracias, señora", dijo. No usó el término 'ama'. No hubo rastro de la servidumbre impuesta. En esas dos palabras, Isabela detectó algo peligroso: educación.
La Hacienda de los secretos
Al llegar a La Quebrada del Sol, el capataz Baltasar Múgica recibió al nuevo integrante con un látigo en la mano y una mueca de asco. "Este no durará una semana, doña Isabela. Tiene cara de los que muerden la mano que los alimenta", sentenció el capataz.
Nahuel no tardó en demostrar que su "maldición" era en realidad una inteligencia superior. En pocos días, optimizó el sistema de riego del café y detectó fraudes en los libros de contabilidad que Baltasar intentaba ocultar. La tensión en la hacienda se podía cortar con un cuchillo.
Fue una noche de tormenta cuando Isabela, incapaz de dormir, se refugió en el despacho de su difunto padre. Entre cartas amarillentas y testamentos nunca leídos, encontró un documento que le heló la sangre. Un registro de nacimiento de 1814. Un nombre que se repetía: Nahuel Itzcóatl Alvarín.
El hombre que dormía en las barracas no era un extraño. Era el hijo ilegítimo de don Gaspar de Alvarín, su propio padre. Nahuel era su medio hermano, despojado de su apellido y vendido como esclavo para proteger el honor de la familia.