«Voy a pedir tu ataúd de la más alta calidad…» (Parte 1/5)
Historia larga en 5 páginas. Misma trama, mismos personajes. Diseño moderno con botones reales de “Siguiente/Anterior”.
Hay frases que nunca deberían decirse al lado de una cama de hospital. Aunque la persona esté quieta. Aunque el monitor marque un ritmo estable. Aunque un médico repita que “las probabilidades son mínimas”.
Pero esa noche, en una habitación blanca de una clínica privada, un hombre se inclinó hacia el oído de su esposa y susurró, como quien cierra una puerta por dentro: «Voy a pedir el ataúd más bonito para ti.»
Su esposa se llamaba Camila. Tenía treinta y dos años. Llevaba más de dos semanas en coma tras un accidente. En los papeles del hospital, su estado era “no responde a estímulos”.
En los papeles.
- Esta historia es ficción narrativa con referencias médicas generales (hospital, UCI, neurólogo).
- No sustituye una consulta real con un médico, clínica u hospital.
- Para temas legales (herencia, fraude), consulta un abogado.
El marido se llamaba Adrián. Camisa oscura, manos limpias, voz templada. Había aprendido a exhibir una tristeza exacta: la suficiente para despertar compasión, no tanta como para levantar sospechas.
En recepción le hablaban de facturas médicas, de cobertura del seguro de salud, de autorizaciones, de firmas, de protocolos. Y él respondía con una calma que parecía… entrenada.
Repetía siempre las mismas frases: «Gracias, doctor… sé que están haciendo todo lo posible.» «Solo dígame qué es lo mejor para ella.» «No quiero que sufra.»
Las decía como un guion. Sin fallos.
Dos semanas de silencio… y una decisión demasiado rápida
La habitación de Camila estaba en un área vigilada. No era un drama de televisión: no había gritos, ni carreras. Solo luz fría, cortinas cerradas, y ese silencio típico de una UCI que nunca duerme del todo.
Adrián venía todos los días. A veces solo. A veces con la madre de Camila, agotada, con los ojos rojos. A veces con flores caras, colocadas siempre en el mismo sitio, como un accesorio.
Los médicos fueron claros: «Podemos continuar el soporte el tiempo que sea necesario, pero la recuperación es poco probable. En algún momento, habrá que hablar de decisiones difíciles».
En idioma humano: reuniones familiares, informes clínicos, evaluación neurológica, protocolos del hospital y consentimiento informado.
La madre de Camila preguntó mil cosas: «¿Y si despierta?» «¿Y si escucha?» «¿Están completamente seguros?»
Adrián, en cambio, asintió. Aceptó… demasiado rápido.
Porque él esperaba ese momento. No desde el accidente. Desde mucho antes.
El papel del “marido destrozado”
El día que el equipo médico pidió una reunión, Adrián llegó primero. Preparó el rostro: hombros caídos, mirada baja, respiración rota. Un teatro tan convincente que una enfermera joven tuvo que apartarse para limpiarse las lágrimas.
«Déjenme despedirme…» suplicó con voz temblorosa. «Voy a perder al amor de mi vida…»
Lo dejaron pasar. Por humanidad. Por protocolo. Porque en hospitales pasan despedidas todos los días. Lo que no se ve siempre… es el tipo de mentira que puede esconderse dentro.
Adrián entró solo.
Camila parecía dormida. Tranquila. No “muerta”. No “ausente”. Había una suavidad frágil en su cara.
Adrián se sentó. Miró hacia la puerta: la enfermera estaba en el pasillo, atenta. Entonces empezó su actuación.
Le acarició el cabello. Forzó una lágrima. Susurró frases que cualquiera diría: «Estoy aquí…» «Te amo…» «Vuelve…»
Y cuando la enfermera se alejó un paso, él se inclinó más. Su voz cambió. Un murmullo seco, casi satisfecho.
«Voy a pedir el mejor ataúd…»
Una sonrisa mínima se dibujó en sus labios.
«El dinero ya lo tengo. Todo tu dinero… es mío ahora.»
Se enderezó. Como si hubiera soltado un secreto que llevaba años guardando. Y cuando estaba a punto de salir… su teléfono vibró.
Mensaje nuevo.
Lo abrió. Y sintió que la sangre se le iba de la cara.
Dos palabras encabezaban el texto: «Mi amor…»
La siguiente línea lo dejó helado: «Si estás leyendo esto, es porque creíste que no podía oírte. Pero lo escuché todo.»
En un hospital, todo queda registrado: entradas, cámaras, informes clínicos, horarios, firmas, autorizaciones, llamadas, facturas médicas y documentación del seguro de salud. Si un caso se vuelve legal, un abogado puede pedir documentación, revisiones y constancias del centro médico.
Adrián se giró hacia la cama. Y por primera vez desde el accidente, sintió un miedo real.
Porque la mano de Camila… pareció moverse apenas. Como si el silencio estuviera a punto de romperse.