La habitación de Hannah parecía un castigo
(Parte 2)
La verdad sale a la luz… y la trampa legal comienza a cerrarse.
Arriba, Adrian empujó la puerta del cuarto de Hannah.
Se quedó inmóvil.
Antes, ese cuarto era un caos feliz: muñecas por el suelo, cuentos apilados junto a la cama, dibujos pegados en la pared como si Hannah estuviera construyendo su propio universo.
Ahora estaba… vacío.
Sin juguetes.
Sin peluches.
Sin dibujos.
Solo una cama perfectamente hecha y un escritorio sin nada, como un cuarto diseñado para recordarle a una niña que debía ser silenciosa.
La voz de Hannah, pegada a su cuello, era un hilo.
—Papá… tengo miedo.
Adrian tragó saliva. Le apartó el cabello con dedos temblorosos.
—Estoy aquí —le dijo—. No estás sola. Nunca más.
Llamó a Diane y pidió comida y un botiquín.
Cuando Diane entró, caminaba como si cargara culpa en la espalda.
Adrian se sentó en la orilla de la cama y limpió con cuidado las manos de Hannah.
Quemaduras de cuerda.
Raspones.
Cortes pequeños que no deberían existir en las palmas de una niña.
Hannah se estremeció cuando el antiséptico tocó la piel.
El pecho de Adrian se apretó.
—Cuéntame todo —pidió, suave.
Al principio Hannah dudó. Miró hacia la puerta como si esperara que alguien entrara de golpe.
Luego, en un susurro, lo dijo todo.
Vanessa había despedido al personal en quien Adrian confiaba. “Reorganizó” la casa. Impidió que Hannah llamara a sus amigas. Le quitó el teléfono con el argumento de que “los niños no necesitan distracciones”.
Las comidas se hicieron más pequeñas.
Las reglas, más duras.
Y cada día, Hannah tenía que “ganarse” cosas normales con tareas agotadoras.
Todo bajo la excusa de “enseñarle humildad”.
Adrian no parpadeó mucho después de eso.
Porque cada parpadeo se sentía como si fuera a explotar.
La trampa bajo la sonrisa perfecta
Esa noche Adrian no durmió. Se quedó al lado de la cama de Hannah, escuchando su respiración como si fuera la única prueba de que aún la tenía.
Antes del amanecer bajó a su oficina. Abrió la laptop, listo para mover dinero, llamar contactos y recuperar el control.
Sus contraseñas no funcionaron.
Probó otra vez.
Bloqueado.
Fue al archivador privado —un respaldo antiguo que mantenía porque no confiaba en “todo lo digital”.
Abrió el cajón.
Vacío.
La garganta se le secó.
Intentó acceder por una línea segura.
Un mensaje rojo apareció:
Adrian se quedó mirando la pantalla, con el pulso golpeándole las sienes.
El teléfono vibró.
Evelyn Mercer —su abogada de confianza—.
Al contestar, la voz de Evelyn salió rápida, tensa:
—Adrian, tienes que salir de esa casa. Ahora.
—¿De qué estás hablando?
—Brent, el hermano de Vanessa, convocó una reunión de emergencia. Presentaron un informe médico diciendo que tuviste un episodio severo de estrés en el extranjero. Están diciendo que no eres apto para manejar tus bienes… ni para cuidar a Hannah.
Adrian apretó el teléfono.
—Eso es una locura.
—La locura no importa cuando tienen papeles —espetó Evelyn—. Están pidiendo control temporal de todo. Y ella está solicitando custodia temporal.
Adrian sintió algo cambiar por dentro.
Esto no era solo crueldad.
Era una toma de poder.
Colgó y bajó al salón.
La televisión estaba encendida.
Un noticiero local mostraba una foto suya en el aeropuerto —cansado, desaliñado, capturado en el peor ángulo— bajo un titular insinuando que era “inestable” y “un riesgo”.
En pantalla, Vanessa aparecía vestida de blanco, ojos brillosos, voz suave, interpretando a la esposa preocupada perfecta.
El estómago de Adrian se revolvió.
Detrás de él, unos tacones sonaron en el piso.
Vanessa entró con una copa de champán, aunque la mañana apenas despertaba.
—Te lo advertí —dijo, como si hablara del clima—. Nadie le cree a un hombre una vez que le han dicho que está “mal”.
Adrian giró despacio.
—¿Dónde está Hannah?
La sonrisa de Vanessa se ensanchó.
—Arriba. Disfruta tus últimos momentos —bebió un sorbo—. Hice una llamada anónima. Si te la llevas, parecerá que huyes. Si te quedas, te tratarán como amenaza. Jaque mate, cariño.
Adrian la miró… y pasó algo inesperado.
El miedo se le drenó.
En su lugar apareció una calma fría, enfocada.
Porque entendió una cosa con claridad:
Si jugaba con las reglas de ella, perdería a Hannah.
Así que dejó de jugar.