La huida que no se sintió como victoria (Parte 3)

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La huida que no se sintió como victoria (Parte 3)



Sin lujo, sin seguridad… solo un padre y su hija contra un sistema manipulado.

Adrian subió corriendo. Tomó una mochila pequeña y empacó lo más rápido posible: ropa, el cuaderno de dibujos de Hannah, el oso gigante que había traído… cualquier cosa que todavía se sintiera como ella.

Hannah abrió los ojos, confundida.

—¿Papá?

Adrian se agachó frente a ella, intentando que su voz no temblara aunque las manos le sacudían.

—Nos vamos. Ahora mismo.

No bajaron por la escalera principal.

Usaron la escalera de servicio.

En el garaje, Adrian ignoró sus autos de lujo. Demasiado fáciles de rastrear, demasiados sistemas integrados, demasiadas formas de que Vanessa los alcanzara.

Diane los esperaba cerca de la salida trasera con las llaves de su viejo sedán. Tenía los ojos húmedos.

—Vaya —susurró, y le metió un sobre grueso en la mano—. Es efectivo. No es mucho, pero es todo lo que tengo.

Adrian intentó negarse.

Diane le apretó la mano con fuerza, insistiendo.

—Ella lo destruirá si duda.

Adrian tragó saliva, apretó la mano de Diane.

—Gracias —dijo, y la voz se le quebró.

Salieron justo cuando, a lo lejos, empezaban a escucharse sirenas elevándose como un mal presagio detrás de las paredes del vecindario.

El plan para probar la verdad

Los días siguientes se sintieron como vivir dentro de la pesadilla de otra persona.

Adrian y Hannah se escondieron en un motel barato al borde de la ciudad. Pagaban en efectivo. Mantuvieron las cortinas cerradas. Adrian observaba cada estacionamiento como si escondiera peligro.

Y aun así… ocurrió algo inesperado.

Hannah empezó a respirar otra vez.

Lejos de la mansión, lejos de Vanessa, lejos de esa tensión constante, Hannah comía. Dormía. Dibujaba durante horas, llenando el cuaderno con árboles, animales y pequeños monigotes de ella misma agarrando la mano de su padre.

Adrian se reunía con Evelyn en lugares discretos: comedores pequeños, parques casi vacíos, mesas del fondo en cafés donde nadie miraba dos veces.

Una noche, Evelyn extendió documentos sobre la mesa con ojos afilados.

—Te bloquearon de todo —dijo—. Y Brent ha estado moviendo dinero a través de una empresa fantasma. Si lo probamos, todo su teatro se cae.

—¿Cómo lo probamos?

Evelyn golpeó un papel con el dedo.

—Necesitamos los libros originales. La ruta del papel. Y Brent los guarda en su oficina, en el centro.

Adrian miró el documento… y luego miró hacia el asiento trasero, donde Hannah dormía abrazada al oso, con la barbilla hundida en el peluche.

Sonaba imposible.

Pero no tan imposible como perderla.

La noche en que entró a su propio edificio como un extraño

Adrian dejó a Hannah con Evelyn por unas horas y fue solo.

Conocía el edificio de la empresa mejor que nadie. Había ayudado a diseñar partes. Sabía dónde corrían los túneles de mantenimiento, qué puertas casi nunca se usaban.

Se coló con cuidado, moviéndose como alguien que no quería existir en cámaras.

La oficina de Brent estaba en el piso ejecutivo.

La caja fuerte estaba escondida detrás de un panel.

¿Y el código?

Lo adivinó al primer intento.

El cumpleaños de Vanessa.

La arrogancia siempre deja huellas.

Dentro estaban las pruebas: libros paralelos, registros de transferencias, firmas… y la confirmación de que Brent y Vanessa habían drenado la fortuna de Adrian mientras construían una jaula legal a su alrededor.

Adrian metió todo en una bolsa y se giró para salir.

Entonces sonó la alarma.

Corrió.

Bajó escaleras, atravesó pasillos, se metió en un túnel de servicio. El corazón le martillaba como si quisiera escapar del pecho.

Llegó a la calle donde Evelyn esperaba con el motor encendido.

Adrian se lanzó al asiento, tiró la bolsa atrás y jadeó:

—¡Conduce!

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En la Parte 4: Llega el día del juicio. Vanessa actúa como víctima, pero Hannah se convierte en el testigo clave… y una prueba visual rompe la máscara perfecta.
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