La duda que carcomía el alma: ¿Son mis hijos?

CAPÍTULO 3 • EL ADN

La duda que carcomía el alma: ¿Son mis hijos?


En los días siguientes, Emiliano Álvarez se hundió en una tormenta emocional más difícil de controlar que cualquier crisis bursátil. Había levantado empresas valuadas en miles de millones de dólares, se había enfrentado a tiburones de Wall Street y había salido victorioso, pero nada lo desarmaba tanto como la presencia silenciosa de Sofía y los gemelos en su casa. Sofía se movía como una sombra por los pasillos de mármol; tenía apenas quince años, pero cuidaba de Lucas y Mateo con una determinación que solo nace de la carencia extrema. Emiliano observaba desde las sombras cómo ella nunca pedía nada para sí misma: solo fórmula para los niños, pañales y un rincón donde dormir cerca de ellos. La culpa empezaba a corroerlo: ¿había estado él viviendo en el lujo mientras su primer amor y sus posibles hijos morían de frío?

Incapaz de soportar la incertidumbre, Emiliano tomó una decisión drástica. Ordenó una prueba de ADN bajo la más estricta discreción. Recogieron las muestras sin que Sofía lo notara: un cabello de ella, un pequeño frotis de los gemelos. Una semana después, un sobre blanco y sellado llegó a su escritorio de caoba. Sus manos, que nunca habían temblado al firmar cheques de ocho cifras, vibraban violentamente al abrir el papel. Los resultados eran demoledores: Coincidencia genética del 99.9%. Emiliano Álvarez era el padre biológico de los gemelos, y Sofía era, técnicamente, su hija de una relación que él ni siquiera sabía que Natalia había continuado tras su partida.

La reaparición de Natalia

El descubrimiento lo dejó en shock. Natalia le había ocultado la existencia de su familia y luego los había lanzado a la miseria. Emiliano pasó noches enteras bebiendo whisky, mirando el sobre y sintiendo un odio profundo mezclado con una compasión dolorosa. Usando su red de contactos, rastreó los últimos movimientos de Natalia Ríos. Había estado viviendo en un refugio para mujeres en el Bronx, sobreviviendo en condiciones infrahumanas. Hasta que una noche de lluvia torrencial, el timbre de la Torre Álvarez sonó con insistencia. Emiliano bajó las escaleras con el corazón en la garganta. Al abrir la puerta, el tiempo se detuvo. Natalia estaba allí. Estaba delgada, empapada, con los ojos hundidos por el hambre y la vergüenza. No era la mujer radiante de la universidad, era el fantasma de una vida destruida.

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