La carrera más importante de su vida
El funeral quedó atrás. El ataúd dorado quedó atrás. Y en el asiento de la limusina, Don Alejandro empezó a comprender que su poder no servía para detener una traición… pero sí podía acelerarla hacia la justicia.
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Don Alejandro subió a la limusina blindada sin sentir el cuerpo. El chofer cerró la puerta con un golpe sordo y el sonido aisló la lluvia, como si el mundo exterior quedara lejos. Pero el ruido no desapareció en la mente del magnate: seguía escuchando golpes, golpes en un contenedor, golpes dentro de una historia que no tenía derecho a existir.
—¿Nombre? —preguntó uno de los guardaespaldas, mirando al adolescente.
El muchacho dudó un segundo, como si no estuviera acostumbrado a que le pregunten su nombre con respeto.
—Miguel —respondió—. Me llamo Miguel.
Don Alejandro no se giró para verlo todavía. Su mirada iba clavada en el vidrio empañado. Sus manos, que firmaban decisiones enormes sin temblar, ahora se apretaban una contra otra. Había algo que le dolía más que el miedo: la sensación de que todo, absolutamente todo, podía haber ocurrido bajo su nariz.
—Llámale al padre Miguel —ordenó Don Alejandro, y su voz salió dura.
El jefe de seguridad marcó. No hubo tono de espera largo. Al otro lado contestaron rápido, como si estuvieran aguardando esa llamada. Se escuchó una voz mayor, serena pero tensa.
—Aquí padre Miguel —dijo.
—Soy Alejandro Vásquez —respondió el magnate, sin adornos—. Voy en camino. Dime: ¿ella… está viva?
Hubo un silencio breve.
—Está viva, hijo —confirmó el sacerdote—. Muy débil. Asustada. Pero viva.
Don Alejandro cerró los ojos. Por un segundo su rostro se quebró. No lloró todavía. Solo respiró como quien se está sosteniendo en el borde de un abismo.
El trayecto hacia la clínica fue una película muda de contrastes. La limusina atravesó avenidas iluminadas, zonas donde el pavimento brillaba, donde la lluvia parecía un efecto estético. Y luego se metió hacia calles más estrechas, más oscuras, con charcos grandes, con paredes grafiteadas, con puestos cerrados y sombras en las esquinas.
Don Alejandro nunca había pisado ese barrio. No por maldad, se decía él mismo, sino por distancia: su vida había sido una burbuja de reuniones, decisiones, vuelos, cenas. Pero esa noche la ciudad le mostró un rostro que el dinero suele ocultar: un rostro donde la gente vive sin protección.
Miguel, el adolescente, miraba por la ventana con una mezcla de nervios y orgullo. Nervios por estar ahí. Orgullo por haber hecho lo correcto.
—¿Por qué no llamaste a la policía? —le preguntó uno de los guardaespaldas.
Miguel tragó saliva.
—Porque… porque cuando eres de la calle, a veces la policía no te cree. A veces te culpan a ti. Y… esa niña estaba muy asustada. Me agarró la mano y dijo “papá”. Yo pensé que si la policía llegaba primero, todo se iba a hacer un caos y… alguien podía desaparecerla otra vez.
Don Alejandro giró la cabeza por primera vez y miró a Miguel como se mira a una persona. No como a “un muchacho del basurero”. Como a alguien que acababa de salvarle el alma.
—Hiciste bien —dijo Don Alejandro, y esa frase, en boca de un hombre así, tenía peso.
La limusina se detuvo frente a una construcción modesta de ladrillos. Una cruz de madera en la entrada. Un foco amarillento que parpadeaba. Un letrero sencillo: “Clínica Comunitaria”.
Don Alejandro bajó y el barro le salpicó el pantalón. No le importó. Subió los escalones de dos en dos. El padre Miguel lo esperaba en la puerta. Tenía barba canosa, ojos bondadosos y una expresión que mezclaba alivio con preocupación.
—Gracias por venir tan rápido —dijo el sacerdote, sin formalidades.
—Llévame con ella —respondió Don Alejandro.
Cruzaron pasillos estrechos. El olor era a desinfectante barato, a humedad, a vida difícil. Había niños en una banca con tos, señoras con el cabello mojado, un hombre vendado de un brazo. Nadie sabía quién era él. O quizá sí, pero no les importaba: ahí todos eran urgencias.
Llegaron a una puerta al fondo. El padre Miguel abrió despacio. En una cama sencilla con sábanas blancas lavadas hasta el desgaste, estaba Isabella.
Don Alejandro sintió que el mundo se le apretaba. Su hija estaba viva… pero estaba cambiada. Delgada. Con ojeras. Con la piel pálida. Sus ojos, sin embargo, lo buscaron de inmediato.
—Papá… —susurró Isabella, extendiendo los bracitos débiles.
Don Alejandro no caminó. Corrió. Se arrodilló al lado de la cama y la abrazó con una desesperación que ningún contrato millonario podía explicar.
—Perdóname… mi amor… perdóname… —repitió, y ahora sí, las lágrimas salieron sin permiso.
Isabella se aferró a él como si temiera que fuera un sueño. Su cuerpo temblaba. Y en ese temblor estaba todo: el miedo, el abandono, el silencio.
El padre Miguel se mantuvo a un lado con respeto. Miguel, el adolescente, se quedó en la puerta, sin saber si tenía derecho a entrar más. Don Alejandro lo miró.
—Ven —le dijo, y con una mano le hizo una seña—. Tú también eres parte de esto.
Isabella respiró hondo como si se preparara para algo grande. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez, pero esta vez no era solo emoción. Era una necesidad de hablar.
—Papá… —dijo— fue el tío Roberto.
Don Alejandro se quedó quieto. Roberto Vásquez: su hermano menor. El hombre en quien había confiado empresas, cuentas, decisiones. El tío que Isabella adoraba.
Isabella continuó, con la voz temblorosa: —Él me llevó lejos y me dijo que tú ya no me querías. Me encerró en un lugar oscuro y feo. Y todos los días me repetía que tú habías encontrado otra niña para reemplazarme.
El aire en la habitación se volvió pesado. Don Alejandro sintió una mezcla peligrosa: un amor inmenso por Isabella… y una ira fría que empezaba a construir un plan.
—Ayer en la noche… —susurró Isabella— escuché cuando habló por teléfono. Dijo que ya era hora de “deshacerse del problema”. Después me metieron en esa caja horrible y yo… yo pensé que…
Don Alejandro apretó más fuerte a su hija. —Ya pasó, mi amor. Ya estás conmigo. Ya nadie te toca —dijo, con una promesa que esta vez no era símbolo: era guerra.
Don Alejandro se levantó despacio. Miró al padre Miguel.
—Necesito que nadie salga de aquí sin mi permiso —dijo—. Y necesito médicos. Los mejores.
—Ya pedí ayuda —respondió el sacerdote—. Pero hijo… esto es más grande de lo que imaginas.
Don Alejandro entendió el mensaje. Si Roberto había sido capaz de hacer esto, entonces ya había movido piezas. Y si había movido piezas, el ataúd dorado era solo una parte del tablero.
Don Alejandro tomó el teléfono y marcó a su equipo.
—Activen todo —ordenó—. Auditoría inmediata. Bloqueo de firmas. Revisen transferencias. Y encuentren a Roberto. Ahora.
Porque si Isabella estaba viva… entonces alguien había enterrado una mentira. Y Don Alejandro estaba a punto de descubrir qué tan profunda era.