El papel firmado y la trampa de la codicia
Al día siguiente, Mateo no fue al pozo al amanecer. Ese detalle, para cualquiera, era insignificante. Para él, era una decisión enorme. Significaba que por unas horas dejaría de pelear con la tierra y empezaría a pelear con algo más difícil: el poder.
Esperanza envolvió el documento en un paño limpio, como si fuera algo sagrado. Los niños se quedaron con una vecina y Mateo caminó al pueblo con el sombrero bajo, sin querer que nadie leyera en su cara lo que estaba pasando.
En la plaza, la vida seguía con su teatro habitual: hombres hablando de la lluvia que no llegaba, mujeres contando monedas, comerciantes quejándose del precio de todo. Mateo entró al pequeño despacho del juez local —un hombre llamado don Aurelio— con el corazón apretado, como quien entra a una casa ajena sabiendo que puede salir sin nada.
Don Aurelio era serio, de bigote cuidadosamente recortado y mirada que no se dejaba engañar fácil. Tenía un escritorio viejo con manchas de tinta y una estantería con libros que casi nadie tocaba. Cuando vio a Mateo, levantó la mano para que hablara despacio.
—¿Qué se te ofrece, Mateo?
Mateo sacó el paño y extendió el papel. El juez lo tomó, lo leyó una vez, luego otra. Su ceño se frunció en un gesto que Mateo no supo interpretar: ¿mala señal o buena señal?
—¿Rodrigo redactó esto? —preguntó.
—Sí, señor. Él lo escribió y lo firmó. Yo también.
Don Aurelio se inclinó hacia la luz. Pasó el dedo por una línea específica, como quien encuentra una grieta en una pared.
—Aquí dice: “Vendo el terreno del norte, con pozo incluido, colindante al camino real, con todos sus elementos naturales y subterráneos…”
Mateo sintió que el aire le volvía a entrar a los pulmones. Esperanza había insistido en que esa frase era importante, aunque ninguno de los dos entendiera del todo su peso. Don Aurelio continuó, más lento, como midiendo cada palabra.
—Esto es más fuerte de lo que Rodrigo cree. Si el documento está bien firmado y hay testigos… el terreno es tuyo, Mateo. Con lo que haya en él. Arriba y abajo. Aunque a Rodrigo le arda.
Mateo sintió ganas de sentarse. El juez no estaba celebrando; estaba confirmando que la ley, al menos en papel, podía existir.
—Pero… —Mateo tragó saliva— ¿y si él intenta decir que fue engañado? ¿O que el documento no vale?
Don Aurelio apoyó el papel sobre el escritorio.
—Rodrigo es rico, no tonto. Va a intentar torcerlo todo. Lo que necesitas es orden: una copia certificada, testigos, y evitar cualquier cosa que parezca sospechosa. Si él acusa, tú respondes con calma. La calma es un escudo que los pobres pocas veces usan, y por eso los ricos la subestiman.
Mateo salió del despacho con la copia prometida para días después. Esperanza lo esperaba afuera. Cuando él le dijo lo que escuchó, ella cerró los ojos un momento, como si por fin pudiera soltar una piedra que llevaba en el pecho.
—Entonces Rodrigo no puede quitarnos lo que ya firmó —susurró.
—Puede intentarlo —respondió Mateo—. Y creo que lo hará pronto.
Y no se equivocó.
Dos tardes después, Rodrigo apareció en la parcela con tres hombres: el capataz, un escribiente y un desconocido de traje claro que parecía no ensuciarse nunca. Rodrigo no venía a reírse. Venía a reclamar.
—Mateo —dijo, con una voz suave que era peor que los gritos—. He escuchado cosas… curiosas. Dicen que ya no estás tan desesperado. Dicen que trabajas el pozo con… entusiasmo.
Mateo sostuvo la mirada. Esperanza se quedó detrás, firme, con los niños cerca, como si su presencia fuera una pared.
—Trabajo para mi familia, patrón —respondió Mateo—. Eso es todo.
Rodrigo sonrió apenas, como si estuviera escuchando a un niño inventar una excusa.
—Bien. Entonces no te molestará que revisemos el terreno. Ya sabes… por seguridad. No quiero que digas mañana que te vendí algo peligroso.
El desconocido de traje claro dio un paso al frente.
—Soy perito de tierras —dijo—. Solo es una inspección.
Esperanza apretó la mano de Mateo, y Mateo entendió el mensaje sin palabras: si los dejaba entrar, no saldrían igual. No era una visita. Era el inicio de una invasión.
—El terreno es mío —dijo Mateo, con voz que le costó construir—. Y una inspección se hace con orden. Si quiere revisar, que venga con el juez.
La sonrisa de Rodrigo se rompió un poco.
—¿Con el juez? —repitió, como si fuera un chiste—. ¿Ahora te crees alguien, Mateo?
Mateo respiró hondo.
—No me creo nadie. Solo me aferro a lo único que me protege: lo escrito.
Rodrigo lo miró largo, y por primera vez, no vio un peón. Vio a un hombre que ya no se arrodillaba tan fácil. Eso lo enfureció.
Rodrigo dio un paso más cerca. El capataz avanzó también, como si la violencia pudiera aparecer en cualquier segundo. Pero Rodrigo alzó una mano, controlando la escena como siempre lo había hecho. No quería ensuciarse ahí. Quería ganar en un escritorio, donde el dinero habla más alto.
—Está bien —dijo Rodrigo, de pronto—. Veo que has aprendido a decir “no”. Qué admirable. Entonces lo haremos por las buenas… o por las que yo decida.
Se dio la vuelta y se fue, dejando al perito mirando con ojos fríos. Antes de subir al caballo, Rodrigo lanzó una última frase:
—Cuida ese pozo, Mateo. A veces los pozos se derrumban. A veces la gente se cae dentro. Sería una tragedia… inútil.
Cuando se alejaron, Esperanza soltó el aire que había estado guardando.
—No fue una amenaza pequeña —dijo.
—No —respondió Mateo—. Fue un aviso.
Esa noche, Mateo y Esperanza hicieron algo que nunca habían hecho: planearon como si fueran dueños de un secreto grande y, al mismo tiempo, como si fueran perseguidos. Revisaron las entradas del pozo, reforzaron el borde, escondieron mejor las herramientas. Mateo decidió que ya no bajaría solo. Y Esperanza decidió que los niños no se moverían sin que ella lo supiera.
También tomaron otra decisión: irían al juez de inmediato si Rodrigo regresaba con más hombres. Y no se quedarían callados. Porque el silencio, que antes era su escudo, podía volverse una cuerda en el cuello si Rodrigo lograba inventar una historia primero.
Pero Rodrigo no esperó. A la mañana siguiente, el rumor llegó al pueblo como llega el fuego a la paja: rápido. Decían que Mateo había encontrado “algo” en su terreno. Decían que quizás agua. Decían que quizás no. Decían que Rodrigo estaba “preocupado” por el bienestar de sus antiguos peones. Y los que repetían el rumor lo hacían con esa sonrisa típica del pueblo cuando huelen drama: una sonrisa que no ayuda, solo mira.
Mateo entendió entonces la verdadera guerra: Rodrigo estaba preparando el escenario. Si mañana quería reclamar la tierra, ya no sería “por codicia”, sería “por seguridad”, “por error”, “por justicia”. El patrón iba a maquillarse de hombre correcto.
—Nos va a querer quitar el terreno sin mancharse —dijo Esperanza—. Quiere que el pueblo crea que él es el bueno.
Mateo apretó el documento en el bolsillo, como si apretara un arma invisible.
—Entonces nosotros no gritamos —dijo—. Nosotros mostramos. Y si la ley no alcanza, buscamos a quien pueda verla de frente.
Lo que Mateo no sabía todavía era que, a veces, la justicia tarda… pero cuando llega, llega con un peso que ni el oro puede comprar. Y Rodrigo, sin darse cuenta, ya había cometido el error que lo iba a hundir: subestimar a la gente que, cuando ya no tiene nada que perder, aprende a sostenerse con una dignidad feroz.