El oro bajo el pozo seco: el plan secreto de Mateo y Esperanza
Mateo casi no durmió. No porque el cuerpo no se lo pidiera —sus huesos estaban molidos— sino porque la mente le corría como agua por dentro, aunque el pueblo se estuviera secando por fuera. La imagen de la veta dorada se repetía una y otra vez detrás de sus párpados: un brillo que parecía imposible en una tierra que solo había dado polvo, burlas y cansancio.
Esperanza fue la primera en poner el corazón en su lugar. Se sentó junto a la mesa pobre, con la lámpara temblando por el viento, y habló como quien organiza una casa antes de una tormenta.
—Si esto es real, Mateo, lo primero es la cabeza. Ni gritos, ni celebraciones. Ni una palabra de más. Rodrigo nos humilló porque creyó que nos había roto… y un hombre así, cuando huele algo, muerde.
Mateo asintió. Sabía que ella tenía razón. Rodrigo no era un patrón de esos que se conforman con ganar una vez; era de los que necesitan ver al otro perder dos veces para sentirse completos.
Al amanecer, Mateo siguió con la misma máscara: pala, pico, sudor, y el gesto de quien todavía busca agua. Los vecinos que pasaban por el camino real lo miraban con pena o con risa. A Mateo le convenía esa fama. Un “loco” no despierta sospechas; un “loco” solo despierta comentarios.
Pero por las noches, cuando los niños se dormían y el silencio cubría la parcela como una manta, Mateo y Esperanza bajaban al pozo con una lámpara y un cuidado casi religioso. No arrancaban grandes piedras ni sacaban sacos. Extraían pequeñas porciones, suficientes para avanzar sin dejar señales claras. Guardaban el material en recipientes viejos, lo tapaban, lo escondían. Era un trabajo lento, pero era un trabajo seguro.
El miedo más grande no era la oscuridad del pozo. Era el mundo de arriba: la lengua del pueblo, la mirada del patrón, la forma en que las noticias corren cuando hay hambre.
—¿Y los niños? —preguntó Mateo una noche—. Son pequeños… hablan sin querer.
—Por eso no deben ver nada —respondió Esperanza—. Diles que el pozo es peligroso. Que no se acerquen. Y que si alguien pregunta, seguimos sin agua.
Los niños obedecieron con esa obediencia que nace del cansancio: ellos también sentían el peso del camino al río, el peso del cántaro, el peso de escuchar el estómago crujir algunas noches. No hacían preguntas grandes. Solo miraban a su padre con la fe que un niño deposita en quien lo sostiene.
Al cuarto día, Esperanza le dijo algo a Mateo que le quedó clavado: “El oro puede comprarnos pan… pero también puede comprarnos enemigos.”
Por eso, cuando Mateo decidió ir al pueblo para hablar con don Julián, lo hizo como si fuera cualquier cosa. Se puso la ropa más simple, caminó sin prisa, y llevó en el bolsillo un pequeño fragmento, envuelto en tela. No era una pieza grande, era apenas una prueba, lo suficiente para que el orfebre entendiera y para que nadie, en caso de verlo, pudiera imaginar demasiado.
Don Julián tenía un taller en una calle angosta, donde el olor a metal caliente se mezclaba con el de cuero viejo. Era un hombre de barba corta y ojos atentos, de esos que ven más de lo que dicen. Cuando Mateo entró, el orfebre lo midió de arriba abajo, como quien lee una historia sin palabras.
—¿Qué buscas, Mateo? —preguntó sin rodeos—. No vienes por anillos.
Mateo tragó saliva. En ese lugar, el silencio también tenía peso. Sacó la tela, la abrió despacio, y dejó el fragmento sobre la mesa. Don Julián lo tomó con pinzas, lo giró bajo la luz, lo golpeó con suavidad, y no tardó en levantar una ceja.
—Esto no es chatarra —dijo, y su voz bajó—. Esto es… de verdad.
Mateo sintió una mezcla de alivio y vértigo. No era un sueño. No era una piedra pintada por la esperanza. Era oro.
—No sé qué hacer —confesó Mateo—. Es de mi terreno, pero… el patrón Rodrigo…
Don Julián alzó la mirada. La palabra “Rodrigo” era suficiente para que cualquiera entendiera el problema.
—Mira, muchacho —dijo—. Si lo que dices es cierto, lo más peligroso no es el oro. Es el camino del oro. Si empiezas a gastar, si cambias de vida de un día para otro, todos lo notarán. Y Rodrigo… lo notará primero que nadie.
Mateo apretó el borde de la mesa.
—Entonces, ¿cómo?
Don Julián le explicó con paciencia: vender en pequeñas cantidades, siempre con la misma historia —“trabajos ocasionales”, “pagos atrasados”, “un encargo”—; no mostrar piezas, no llevarse gente al terreno, no confiar en cualquiera. Y, sobre todo, revisar los papeles de la compra. Porque aunque la tierra fuera de Mateo, Rodrigo intentaría torcer la ley como tuerce una rama.
Mateo volvió a casa de noche, con el corazón golpeándole las costillas. Esperanza lo esperaba como si lo hubiera estado esperando desde siempre. Cuando él le contó todo, ella no sonrió de inmediato. Primero, respiró profundo. Luego, se acercó a los niños dormidos, les acomodó la manta y volvió.
—Bien —dijo—. Entonces no corremos. Caminamos.
Y así hicieron. Durante las semanas siguientes, Mateo vendió muy poco, lo justo para comprar herramientas mejores, una cuerda nueva, una lámpara más segura. Nada de lujos. Nada que gritara al pueblo “aquí hay riqueza”. Si compraban harina extra, decían que era un regalo de una tía lejana. Si compraban medicina, decían que el médico les fiaba.
Sin embargo, las cosas pequeñas también se notan cuando el hambre es grande. Un vecino vio a Mateo comprar clavos. Otro lo vio con un saco de maíz que antes no podía pagar. Una mujer comentó que Esperanza ya no caminaba al río dos veces al día. Y aunque nadie tenía pruebas, el rumor —ese animal invisible— empezó a moverse.
Rodrigo, por supuesto, escuchó el rumor antes de que se volviera palabra clara. En El Mirador, el patrón tenía oídos en todas partes. Un capataz le llevó el comentario como quien entrega una moneda sucia.
—Dicen que Mateo ya no parece tan desesperado…
Rodrigo se enderezó en su silla, con una sonrisa lenta.
—¿Ah, sí? —dijo—. Qué curioso. Un hombre al que le vendí un pozo seco… y de pronto respira mejor.
El patrón no gritó. No hizo escándalo. Y eso fue lo que más asustó a Esperanza cuando, días después, lo vieron aparecer por el camino real, mirando la parcela como quien mira algo que cree suyo.
Rodrigo no se acercó al pozo esa vez. Solo caminó alrededor, examinó la tierra, vio las marcas de trabajo, y dejó caer una frase al aire, como si hablara con el viento:
—La tierra guarda secretos… y los pobres suelen creer que pueden guardarlos mejor.
Mateo sintió el frío en la nuca. Esperanza tomó a los niños de la mano y los metió en la choza sin discutir. Rodrigo se fue sin reír. Sin insultar. Sin humillar. Y esa ausencia de burla fue una amenaza.
Esa noche, Mateo bajó al pozo con la lámpara temblando. Miró la veta dorada y, por primera vez, no vio fortuna. Vio peligro. Porque entendió algo: Rodrigo no solo quería ganar dinero. Rodrigo quería tener el control de la historia. Y si la historia se le escapaba, haría lo imposible por reescribirla.
—Tenemos que adelantarnos —dijo Mateo al subir, con la voz rota—. Si Rodrigo sospecha…
Esperanza lo miró fijo, como quien sostiene un barco en medio de olas.
—Entonces mañana mismo revisamos el papel. Con alguien que sepa leerlo bien. Y seguimos el plan de don Julián, pero con más cuidado. Porque Rodrigo ya está oliendo el rastro.
Mateo asintió. Afuera, el valle seguía seco. Pero la verdadera sequía, la de la compasión, vivía en otro lugar: en el pecho del patrón que empezaba a planear su regreso al pozo “inservible”.