El multimillonario Emiliano Álvarez y el milagro bajo la nieve de Central Park
Aquella noche, la nieve en Central Park caía con una ferocidad que parecía querer borrar el mundo. Los copos, densos y pesados, ahogaban el ruido constante de la ciudad de Nueva York, convirtiendo el parque en un laberinto blanco y silencioso. Emiliano Álvarez, un joven multimillonario cuya fortuna se había cimentado en un imperio de inversiones tecnológicas, regresaba a su penthouse tras una reunión que se había extendido más allá de la medianoche. Su mente estaba llena de algoritmos, proyecciones de mercado y contratos de fusiones, pero algo en el paisaje helado llamó su atención cerca de una banca completamente cubierta por la escarcha.
Al principio, Emiliano pensó que solo era un montón de mantas abandonadas por alguien sin hogar, una imagen tristemente común en la metrópolis. Pero cuando el viento sopló con fuerza, vio algo que hizo que su sangre se congelara más que el clima: una mano diminuta, de un azul pálido aterrador, se asomaba entre las telas empapadas. El corazón se le encogió de una manera que ninguna pérdida financiera había logrado jamás. Sin dudarlo, Emiliano bajó de su vehículo de lujo y corrió sobre la superficie resbaladiza.
Tres vidas en una banca de hielo
Debajo de un abrigo viejo, empapado por el aguanieve y endurecido por el frío extremo, encontró a una adolescente. Estaba pálida, inconsciente, pero sus brazos rodeaban con una fuerza sobrehumana a dos bebés recién nacidos. Eran gemelos. Estaban envueltos en la propia chamarra de la chica, quien se había despojado de su calor para intentar salvarlos. Los labios de la joven estaban morados y los llantos de los pequeños eran apenas susurros roncos que se perdían en el rugido del viento. Emiliano sintió una oleada de adrenalina pura. Cargó a los tres en sus brazos, ignorando cómo la nieve arruinaba su ropa de diseñador y cómo sus zapatos carísimos patinaban en la acera helada. —"Resiste… por favor, resiste" —murmuraba desesperado mientras corría hacia su auto, peleándose con el teléfono para contactar a su doctora privada.
Minutos después, la calma señorial de la Torre Álvarez se rompió. Emiliano irrumpió en el vestíbulo de mármol, cargando el peso de tres vidas que pendían de un hilo. Sara, su ama de llaves, casi deja caer la bandeja que llevaba al verlo entrar en ese estado. "¡Dios mío, Emiliano! ¿Qué pasó?", exclamó horrorizada. "No hay tiempo", espetó él con una voz que le temblaba por primera vez en años. "Prepara la sala principal. Llama a Mariana, la enfermera jefe. Avisa a seguridad: nadie entra ni sale sin mi autorización personal". La maquinaria de su mansión, usualmente dedicada al confort extremo, se convirtió en una sala de emergencias en cuestión de segundos.