El millonario que instaló cámaras para cuidar a su hija y descubrió un plan macabro (Parte 1)
Roberto Herrera construyó un imperio, pero el verdadero peligro acechaba dentro de los muros de su propia mansión.
Roberto Herrera no confiaba en nadie. Su hija Ana, quien dependía de una silla de ruedas por una condición degenerativa, era su único tesoro. Por ella, convirtió su mansión en una fortaleza tecnológica llena de cámaras invisibles.
Elena llegó a la mansión Herrera con una reputación impecable. Soft-spoken, eficiente y aparentemente devota a su trabajo de cuidado. Durante dos semanas, Roberto observó desde sus monitores cómo la mujer movía las sábanas de Ana con una ternura que parecía genuina. Pero el instinto de Roberto, aquel que le permitió amasar miles de millones, le decía que algo no encajaba en la perfección de Elena.
El momento de la verdad
Una tarde, mientras revisaba las cámaras desde su oficina, Roberto vio algo que le heló la sangre. Elena no estaba limpiando. Estaba observando a Ana mientras dormía con una mirada gélida, calculadora. De pronto, la mujer sacó un pequeño frasco metálico de su bolsillo y se acercó a la boca de la niña. Justo cuando la mano de Elena se movía, el sistema de seguridad parpadeó y la pantalla se fue a negro: "CONEXIÓN PERDIDA".
Roberto corre desesperado hacia su mansión para encontrar a su hija inconsciente. El descubrimiento de una botella de sedante veterinario revela que Elena no es quien dice ser. Comienza la persecución de un fantasma.