El laboratorio confirmó mis sospechas (Parte 4/5)
Yo ya sabía la verdad, pero necesitaba evidencia. Porque sobrevivir no es suficiente: también hay que demostrarlo.
Dos días después, el detective me llamó. Su voz era seria.
—Emma, llegaron los resultados del laboratorio.
Me senté en la cama del hotel, apreté el teléfono con fuerza.
—¿Qué encontraron?
—Hay rastros de una sustancia que puede causar mareos, debilidad y pérdida de conciencia. No es algo que aparezca “por accidente” en una cena común.
El mundo se detuvo un segundo. Aunque yo lo esperaba, escuchar la confirmación fue como recibir un golpe en el pecho. Porque significaba que todo era real. Que no estaba exagerando. Que no era estrés.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora tenemos evidencia fuerte. Y necesitamos su declaración completa con un abogado. También vamos a revisar pólizas, beneficiarios y movimientos bancarios. Su esposo… parece haber planeado esto para cobrar dinero.
Colgué y me quedé mirando la pared. Afuera, el tráfico sonaba normal. La gente seguía viviendo su vida. Y yo estaba ahí, intentando entender cómo una casa puede transformarse en un lugar peligroso sin que se note.
Mi hermana llegó esa noche. Cuando la vi entrar al hotel, la abracé como si fuera una cuerda en medio de un naufragio. Ella me sostuvo fuerte y no preguntó demasiado al principio. Solo me dijo:
—Lo importante es que estás aquí.
Luego, cuando por fin me calmé, me miró a los ojos.
—Te lo dije —susurró—. Te lo dije cuando empezaste a alejarte de todos. Pero no te culpo. Él lo hizo bien. Te aisló.
Esa palabra… “aisló”. Me dolió porque era verdad. Daniel siempre criticaba mis amistades. Decía que mi hermana exageraba. Decía que mis amigas “me llenaban la cabeza”. Y yo, sin darme cuenta, fui quedándome sola con él.
Los siguientes días fueron una rutina pesada: entrevistas con detectives, llamadas con abogados, documentos, firmas, declaraciones. Cada vez que repetía la historia, la voz de Daniel me sonaba más ajena, más monstruosa.
El abogado me explicó que las cosas podían ser lentas. Que Daniel negaría todo. Que intentaría decir que era un malentendido, que yo estaba confundida, que “me caía por estrés”.
—Pero tenemos el audio —dijo—. Y tenemos la comida. Eso cambia todo.
Yo también tenía otra cosa: recuerdos.
Recordé cómo Daniel me insistía en beber té después de cenar. “Te va a calmar”. Recordé cómo insistía en que yo no cocinara, en que no me acercara a la cocina cuando él preparaba la comida.
—No quiero que te quemes —decía.
Era una excusa perfecta para controlar el plato… y todo lo demás.
Una tarde, el detective me llamó otra vez y me pidió ir a ver algo: habían encontrado mensajes más claros. Mensajes donde Daniel preguntaba por cantidades. Por tiempos. Por efectos.
Mi estómago se revolvió al leerlos. No los copio aquí porque lo importante no es el detalle, sino lo que significaban: él estaba negociando mi salud como si fuera una transacción.
—¿Quién es la otra persona? —pregunté.
—Estamos detrás —respondió el detective—. Pero su esposo es el principal.
Yo salí de esa reunión con una certeza: aunque él terminara en prisión, yo tenía que reconstruirme. Porque el daño no era solo físico. Era emocional. Era esa sensación de haber dormido al lado de un enemigo sin verlo.
Mi hermana insistió en que me fuera con ella un tiempo al Colorado. Cambiar de aire. No estar sola. Yo dudé. Me daba miedo irme, me daba miedo moverme, me daba miedo todo. Pero también entendí algo: quedarme en la ciudad significaba ver mi casa desde lejos, recordar cada esquina.
Así que acepté.
Antes de irnos, pedí una cosa a la policía: recuperar algunas pertenencias básicas, acompañada por agentes. Entrar a mi casa fue como entrar a una película donde yo ya no era protagonista, sino víctima.
La cocina estaba limpia. Demasiado limpia. Como si alguien hubiera borrado huellas. Mi corazón latía fuerte. Agarré ropa, documentos, mi computadora, y salí rápido.
En el coche, mi hermana puso música suave. Yo miré por la ventana y pensé:
“Estoy viva. Y eso es lo único que importa ahora.”