El bebé millonario adelgazaba sin parar, pero la médica notó algo que nadie más vio (Parte 1)
La doctora Carmen Reyes llevaba doce horas de guardia en el Hospital General Rubén Leñero cuando su celular vibró dentro del bolsillo de la bata. Afuera del consultorio, el pasillo parecía una estación en hora pico: madres con bebés pegados al pecho, niños con fiebre envueltos en cobijas, el olor a gel antibacterial mezclado con café recalentado. Carmen estaba acostumbrada a ese caos humilde donde cada minuto valía oro.
Miró la pantalla: número desconocido. No solía contestar, pero algo la hizo deslizar el dedo. Era Rosa Mendoza, una antigua paciente. "Doctora, trabajo como niñera para una familia rica. Tienen un bebé de seis meses, Sebastián. Se está quedando en los huesos y ningún especialista encuentra nada. Siento que ese bebé se está muriendo", confesó Rosa entre sollozos. Carmen, a pesar del agotamiento, aceptó ir al terminar su turno. La dirección la dejó sin aliento: Lomas de Chapultepec.
La Mansión del Silencio Caro
A las ocho de la noche, Carmen cruzó la ciudad en su viejo Tsuru hacia la zona más exclusiva. Frente a una mansión de vidrio y acero, Rosa la esperaba con ojos inflamados. El interior era de mármol y arte moderno, pero en la habitación del bebé, Carmen vio la desnutrición rodeada de lujo. Sebastián Valdés estaba pálido, con las costillas marcadas. Sus padres, Eduardo y Valeria, la miraban con una mezcla de escepticismo y desesperación. "Ya lo revisaron quince médicos", dijo Eduardo con arrogancia. Pero Carmen notó que Sebastián no lloraba; miraba con resignación, como si pedir ayuda ya no sirviera de nada.
Carmen inspecciona la higiene y la alimentación perfecta de la mansión, pero un vaso de agua con un residuo extraño despierta sus peores sospechas. Descubre por qué la pediatra decide hospitalizar al bebé en un hospital público para salvarle la vida.