Después de más estudios, la verdad salió a la luz.
Maya tenía un quiste grande que estaba presionando órganos internos.
Por eso se mareaba.
Por eso no comía.
Por eso lloraba por las noches.
“Necesita cirugía”, dijo el médico. “Hoy mismo.”
Sentí culpa. Mucha culpa.
Robert llegó molesto.
“Seguro es psicológico”, dijo.
El doctor lo miró serio.
“Si espera, puede perder un órgano.”
Robert no respondió.
Maya me miró con miedo.
“Pensé que nadie me iba a creer”, dijo.
Yo la abracé.
“Nunca más voy a dudar de ti”, le prometí.
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