La mayor fortuna de Emiliano Álvarez
—"Estos niños son míos" —declaró Emiliano con una voz que resonó en todo el país—. "Lucas y Mateo son mis hijos biológicos. Sofía es mi hija de corazón. Y la mujer a mi lado es su madre, alguien que ha sufrido más de lo que cualquiera de ustedes puede imaginar. Cometió errores por miedo, pero a partir de hoy, son mi familia y mi única prioridad". La sala estalló en murmullos. Esa declaración no solo salvó su reputación, sino que lo convirtió en un símbolo de responsabilidad. Las mentiras de Victoria Landa se volvieron en su contra; fue demandada por difamación y perdió su prestigio social, mientras Emiliano utilizaba su poder para asegurar que su familia nunca volviera a pasar frío.
Un nuevo destino
Un año después, la nieve volvió a cubrir Central Park con el mismo manto blanco de aquella noche fatídica. Pero esta vez, la escena era radicalmente distinta. Emiliano caminaba tomado de la mano de Sofía, quien ahora vestía ropa abrigada y lucía una sonrisa llena de paz. Natalia caminaba a su lado, empujando la carriola doble donde los gemelos, fuertes y sanos, balbuceaban con alegría. Se detuvieron exactamente frente a la misma banca donde el destino los había unido de la forma más cruel y milagrosa posible.
Sofía miró a Emiliano con una ternura infinita. "Papá, quizá la nieve no es tan mala. A lo mejor fueron los ángeles los que nos trajeron contigo para que nos encontraras", dijo en voz baja. Emiliano se inclinó, la abrazó con todas sus fuerzas y luego miró a Natalia. "No fue solo la nieve, mi niña. Fue el destino que nos dio una segunda oportunidad". Emiliano Álvarez, el hombre que una vez pensó que su fortuna se medía en números bancarios, entendió finalmente que su verdadera riqueza dormía cada noche bajo su mismo techo. El frío de Central Park ya no daba miedo; ahora era el recordatorio del invierno que los salvó para siempre.