Íbamos riendo por la autopista… hasta que mi hija dijo algo que me heló la sangre (Parte 1)

Íbamos por la autopista… hasta que mi hija dijo algo que me heló la sangre (Parte 1)



La AP-7 se extendía delante de nosotros hacia Valencia, tranquila y bañada por el sol. La luz de la tarde entraba por el parabrisas, calentando el salpicadero.

En el asiento trasero, mi hija de cinco años, Clara, tarareaba mientras giraba una muñeca pequeña y gastada entre las manos.

La miré por el retrovisor y pensé —quizá por primera vez desde que murió mi padre— que todo estaba volviendo a su sitio. Que la normalidad regresaba.

Entonces Clara dejó de cantar.

No fue el silencio distraído de una niña cansada. Ni aburrimiento.

Fue una pausa deliberada.

Su voz salió firme, inquietantemente seria.

—Mamá —dijo—, el abuelo dice que tenemos que parar el coche y abrir el maletero ahora mismo.

Un frío me recorrió el pecho.

Mi padre, Antonio, había muerto siete meses antes. Infarto repentino. Ataúd cerrado. Funeral como debe ser. Final en todos los sentidos.

Miré a mi marido, Daniel. Sus manos se tensaron en el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No me miró.

—Clara —dije, forzando una risa—, no digas esas cosas.

Ella me sostuvo la mirada por el espejo.

—No es broma. Está enfadado. Dice que huele mal.

Daniel redujo la velocidad apenas.

—¿Quién te dijo eso, cariño? —preguntó con voz irregular.

—El abuelo —repitió—. Me habló ayer. Y hoy.

Yo quería ignorarlo. De verdad. Pero algo no encajaba.

Clara no inventaba historias. No había hablado de su abuelo desde el funeral. Y la palabra que usó —huele— era demasiado concreta.

—Sigamos —dije—. Ya casi llegamos.

Pero Daniel ya estaba poniendo el intermitente.

—Solo un minuto —murmuró—. Para que se calme.

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