El Patrón Rico le Vendió un Pozo “Seco e Inservible” por Todos sus Ahorros…

El Patrón Rico le Vendió un Pozo “Seco e Inservible” — Página 1/5
HISTORIA POR CAPÍTULOS

El Patrón Rico le Vendió un Pozo “Seco e Inservible” por Todos sus Ahorros…


Rodrigo • Mateo • Esperanza • El Mirador
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El mediodía caía como una losa ardiente sobre el valle. El aire olía a tierra quemada, a pasto viejo y a polvo que se pegaba en la garganta. En la loma, sobre un caballo pura sangre que parecía no sudar nunca, Rodrigo —el hacendado más rico del pueblo— se inclinó hacia adelante con una sonrisa afilada.

Imbécil —gritó con una voz que todos conocían, esa voz que no pedía permiso—. Te vendí un pozo seco y me diste todos tus ahorros. Ahora tu familia morirá de sed mientras yo me río.

Las carcajadas del patrón rebotaron contra las rocas del valle y rodaron colina abajo como si fueran piedras. Mateo, de rodillas junto a la boca del pozo, apretó los papeles de compra con dedos temblorosos. El documento era rudimentario, escrito con tinta corrida, pero llevaba la firma de Rodrigo. Aun así, en ese instante, la firma parecía una burla más: una mancha que le había vaciado quince años de vida.

Rodrigo tiró suavemente de las riendas, dio media vuelta y se alejó dejando tras de sí una estela de orgullo, polvo y humillación. Mateo intentó levantarse, pero las piernas no le respondieron. No era solo cansancio. Era el peso de una ilusión que se le rompía en las manos.

Mateo había trabajado quince años como peón en la hacienda El Mirador. Quince años de levantarse antes de que el cielo se aclarara, de desayunar casi sin sabor, de caminar con el cuerpo todavía frío hacia los campos. Sus manos, duras como cuero, conocían cada herramienta por su nombre y cada herida por su fecha. Había cargado sacos, enderezado cercas, guiado ganado, arreglado techos, limpiado corrales, y aun así, al final del día, volvía a casa cuando sus tres pequeños ya dormían.

En su choza, pequeña y silenciosa, lo esperaba Esperanza. Ese nombre le quedaba como una lámpara encendida. Ella nunca se quejaba con grandes palabras; se quejaba con ojos cansados, con una taza de agua racionada, con el gesto de medir lo último que quedaba en la olla. La sequía llevaba tres años golpeando la región: los cultivos se marchitaban, el ganado moría, y los pozos se apagaban uno tras otro como velas en un cuarto sin aire.

El agua se había vuelto un tesoro que se contaba en tragos. Los niños, acostumbrados a pedir y a olvidar, ahora pedían con la boca seca y aprendían rápido a callar cuando su madre negaba con la cabeza. La vida entera del pueblo giraba alrededor de lo mismo: quién tenía agua, quién la perdía, quién la vendía, quién la guardaba como si fuera un secreto.

“Un sorbo vale más que una promesa en tiempos de sequía.” Eso decía la gente en la plaza, y Mateo lo escuchaba, pero no quería creerlo. Porque Mateo tenía un sueño, y los sueños, cuando se cuidan, pueden engañar hasta al más prudente.

Su sueño era simple y enorme al mismo tiempo: comprar una pequeña parcela. No buscaba ser rico. Solo quería que su familia fuera libre, que sus hijos crecieran viendo un pedazo de tierra propio, aunque fuera pequeño, aunque fuera duro. Había ahorrado peso sobre peso, escondiendo las monedas en un saco de cuero, dentro de una caja vieja, debajo de una tabla suelta. Cada centavo era un día de espalda doblada, una madrugada de frío, una tarde de hambre controlada.

Por eso, cuando Rodrigo se acercó una tarde, con esa calma que solo tiene quien nunca ha temido a la sed, el corazón de Mateo dio un salto que casi le dolió.

—Tengo un terreno en el norte —dijo Rodrigo, como quien ofrece una herramienta usada—. El que linda con el camino real. Hay un pozo. Es pequeño, pero suficiente para que tu familia viva… decentemente.

La sonrisa del patrón no llegaba a sus ojos. Pero Mateo, atrapado en la idea, vio lo que quería ver: una puerta abierta.

—¿Cuánto pide, patrón? —preguntó con respeto, tragándose la urgencia.

Rodrigo inclinó la cabeza, fingiendo calcular algo que ya estaba decidido.

—Todo lo que has ahorrado en estos años. Sé que has guardado cada centavo. Te estoy haciendo un favor, Mateo. Has sido… útil.

La palabra “útil” le cayó como polvo. Pero Mateo la ignoró, como se ignoran las espinas cuando se persigue una rosa. Esa misma noche se lo contó a Esperanza. Ella lo escuchó en silencio, y cuando él terminó, no sonrió. No se alegró. No celebró.

—¿Por qué vendería un terreno con agua en tiempos de sequía? —preguntó, con una calma que no era fría: era alerta.

Mateo se apresuró a responder, como si la duda fuera un enemigo que debía derrotar rápido.

—El patrón tiene tantas tierras que no le importa desprenderse de una pequeña parcela. Además, dice que ese pozo es demasiado pequeño para sus necesidades.

Esperanza bajó la mirada hacia las manos de su esposo. Eran manos trabajadas, sí, pero esa noche temblaban como si fueran de un joven sin experiencia. Ella quiso insistir. Quiso decirle que la avaricia no regala nada. Quiso recordarle que Rodrigo era conocido por cobrar hasta el aire. Pero vio la luz en los ojos de Mateo y entendió que discutir sería como apagar una vela a soplidos en medio de un viento que ya venía fuerte.

Al día siguiente, Mateo entregó el saco de cuero. Rodrigo contó las monedas una por una, despacio, saboreando el sonido metálico como si fuera música. Cuando terminó, sacó un papel, escribió un texto corto, y firmó. Mateo también firmó. En ese momento, Mateo sintió que su vida cambiaba: por primera vez, tenía algo propio. Una parcela. Un pozo. Un futuro.

La mañana siguiente, Mateo llevó a su familia a conocer la propiedad. Los niños corrían entre piedras y matorrales como si ya fueran dueños del mundo. Esperanza caminaba despacio, observando el suelo, el horizonte, el cielo que parecía no tener piedad. No era una tierra bella, pero era suya. O eso creían.

—Lo primero es sacar agua —dijo Mateo con orgullo, acercándose al pozo. Bajó el cubo esperando el sonido del chapoteo. Pero solo escuchó un golpe seco al fondo.

Lo intentó otra vez. Y otra. El cubo subía igual: vacío, con polvo pegado en la cuerda. Mateo se asomó y vio grietas en el fondo, como venas abiertas de una tierra que llevaba años sin beber. Una punzada de miedo le cruzó el pecho, pero la empujó hacia atrás con fuerza, como quien empuja una puerta para que no entre el viento.

—Debe estar más abajo —murmuró—. Con la sequía, el nivel bajó… pero si cavamos…

Esperanza no dijo “te lo dije”. Solo lo miró. Y ese silencio fue peor que cualquier reproche. Aun así, Mateo tomó una pala, luego un pico, y empezó. Sus hijos lo imitaron, moviendo piedras pequeñas, creyendo que todo era un juego.

La humillación llegó al día siguiente, cuando Rodrigo pasó “casualmente” por el terreno. Vio a Mateo cavando como un hombre desesperado, y su sonrisa se abrió como una herida.

—Puedes cavar hasta el infierno y no encontrarás ni una gota —se burló—. Ese pozo está seco desde hace cinco años. Te vendí tierra y piedras, y tú pagaste como si fuera oro. Debiste estudiar antes de ser campesino. Ahora tu familia tendrá tierra… pero morirá de sed.

Las risas de Rodrigo fueron como puñales. Cuando se fue, Mateo se quedó mirando el hueco oscuro del pozo como si mirara su propio futuro. Esa noche no tuvo valor para mirar a Esperanza ni a los niños. Se sentó afuera de la choza improvisada, bajo estrellas que parecían demasiado lejos.

Esperanza salió y se sentó a su lado. Contra todo pronóstico, tomó su mano.

—Dios nos pone pruebas, Mateo. No castigos —susurró—. Mañana seguiremos cavando.

Y siguieron. Días. Semanas. La gente empezó a llamarlo el loco del pozo seco. Algunos se reían con crueldad, otros con pena. El agua para beber la traían del río a dos horas de camino. Esperanza hacía ese viaje dos veces al día, con los brazos temblando, el cántaro pesando como una piedra. Los niños aprendieron a no desperdiciar ni una gota. Mateo aprendió a apretar los dientes y a no llorar frente a ellos.

Hasta que una tarde, agotado, descendió al fondo del pozo. La luz del sol apenas entraba, como una moneda pequeña en un bolsillo oscuro. Golpeó la roca con el pico, más por rabia que por esperanza. Y entonces escuchó un sonido distinto: un tintineo metálico que no pertenecía a la piedra.

Mateo se quedó inmóvil, respirando fuerte. Rasgó la tierra con cuidado. Algo brilló. Un fragmento dorado, pesado, real. Su corazón se detuvo y, al mismo tiempo, empezó a correr como un caballo asustado.

—¡Esperanza! —gritó hacia arriba—. ¡Bájame una lámpara!

Cuando la luz iluminó el fondo, Mateo vio una veta dorada extendiéndose por la pared rocosa como un río congelado. No era agua lo que había encontrado. Era oro. Oro puro, escondido en las entrañas de la tierra que Rodrigo había llamado “inservible”.

Esa noche, Mateo y Esperanza hablaron en susurros, como si el aire pudiera llevarse el secreto.

—Debemos mantenerlo oculto —dijo Esperanza—. Si el patrón se entera…

—El terreno es legalmente nuestro —respondió Mateo, apretando el documento—. Él mismo lo firmó. Todo lo que contiene esta tierra nos pertenece.

Esperanza lo miró con la misma alerta de antes.

—La codicia hace que un hombre no respete ni su propia firma.

Decidieron fingir que seguían cavando “buscando agua” mientras, en silencio, extraían pequeñas porciones de oro. Pasaron tres meses trabajando con cuidado, ocultando el hallazgo incluso a sus hijos, por miedo a que una palabra inocente encendiera un incendio.

Una noche, Mateo regresó del pueblo con una sonrisa que Esperanza no veía desde antes de la compra del pozo.

—Hablé con don Julián… el orfebre de la ciudad —susurró—. Dice que puede ayudarnos, pero debemos hacerlo con cabeza. Muy despacio. Muy limpio.

Esperanza apretó la mano de Mateo. Afuera, el viento sopló seco, como siempre. Pero dentro de la choza, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sintió como una pared. Se sintió como un camino.

Progreso
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