Dos horas después, el agua no quitó la sensación


Página 2/5 — El hotel y la fase dos

Página 2/5 · El regreso al apellido no cura el golpe

Dos horas después, el agua no quitó la sensación

El disfraz se fue por el desagüe, pero la escena se quedó pegada en el pecho.

Advertisment

Dos horas después, en la suite presidencial del Hotel Four Seasons sobre Paseo de la Reforma, me duché durante casi una hora. Froté mi piel como si fuera posible borrar miradas. El agua caliente caía en cascadas, arrastrando la mugre de maquillaje, la pegajosidad del sudor y el polvo de la calle. Pero la risa de Lucía no se iba. Tampoco el tono de Esteban. Y lo peor: la cortina que Camila cerró con una rapidez que parecía ensayada.

Me puse un traje hecho a la medida. Me peiné. Me perfumé. Serví un whisky de treinta años. Volvía a ser Gabriel De la Vega, el magnate. Por fuera. Por dentro, me sentía como un niño expulsado de su propia casa.

Me acerqué al ventanal. La ciudad se extendía debajo: tráfico, luces, ruido, movimiento. Una vida entera que seguía igual, aunque yo hubiera cambiado en cuestión de horas. Respiré hondo y, sin querer, regresé a mi origen.

Treinta años atrás yo venía de un barrio obrero en Iztapalapa. Mi madre limpiaba casas de madrugada. Mi padre quedó inválido tras un accidente. Ella siempre decía: “Vas a ser alguien, mijo”. Y yo lo tomé como una promesa sagrada, una orden, una salvación.

Estudié como náufrago. Trabajé sin descanso. Me obsesioné con aprender. Fundé un imperio tecnológico a base de noches sin dormir, de rechazos, de deudas, de hambre y de terquedad. Cuando por fin lo logré, cuando mi empresa salió a la Bolsa Mexicana de Valores, juré que nunca más volveríamos a sentir miedo por el dinero.

Lo que no entendí en ese momento fue esto: a veces, al sacar a tu familia del miedo, también la sacas de la memoria. Y sin memoria, la empatía se muere.

Con Lucía fue diferente al principio. Ella era enfermera. Tenía manos firmes, una mirada directa y un cansancio noble en los ojos. Nos conocimos cuando yo todavía no tenía mansión, cuando mi mayor lujo era invitarle un café sin mirar la cuenta. Ella no me pidió nada. Ella trabajaba, luchaba, y parecía querer construir conmigo.

Pero el dinero llega como una marea: al principio solo moja los pies, luego sube hasta las rodillas, luego ya no te das cuenta de que estás flotando lejos de quien eras. Lucía se enamoró del brillo sin admitirlo. Esteban se acostumbró a rescates constantes. Y Camila… Camila creció dentro de una burbuja que yo mismo inflé con mi ausencia.

El teléfono vibró. Mensaje del jefe de seguridad: “Las grabaciones están listas”. Sentí un golpe seco en el estómago. No era sorpresa. Era confirmación.

Respondí sin dudar: “Envíalas. Y prepara la fase dos”.

Abrí el archivo. Vi a Lucía riéndose con placer. Vi a Esteban inflándose de ego, amenazando con violencia. Vi a Camila observando… y luego desapareciendo tras la cortina. Una lágrima me cayó sin permiso.

Esa lágrima no era solo por mí. Era por la familia que creí haber construido. Porque la escena me mostró que no era una familia: era una vitrina.

Llamé a Mateo, mi hijo mayor, que estaba en Monterrey. Siempre fue más consciente. Si Camila era el reflejo del mundo que Lucía y yo le habíamos dado, Mateo era el recordatorio de lo que aún podía salvarse.

Llegó esa misma noche. No habló al entrar. Solo pidió ver el video. Se quedó quieto, apretando la mandíbula, como si cada segundo le pesara. Cuando terminó, me miró con una mezcla de furia y dolor.

—¿Por qué hiciste esto, papá? —preguntó.

—Porque necesitaba saber la verdad —respondí.

Mateo caminó un poco, respiró, se pasó la mano por el cabello. —¿Y ahora qué? ¿Los vas a destruir?

Negué despacio. —No. Pero tampoco voy a seguir sosteniendo una mentira. Van a vivir seis meses sin privilegios. Seis meses de realidad. No como castigo… sino como única oportunidad de recordar.

Mateo me miró como si quisiera discutir, pero al final solo dijo algo que me quedó grabado: —Entonces hazlo de verdad. Sin teatro. Sin atajos.

Esa noche, cuando él se fue a descansar, me quedé solo con un silencio pesado. Miré el costal de yute. Pensé en mi madre. Pensé en mi padre. Y me prometí que, si iba a hacer esto, no sería una humillación pública, sino una lección privada.

Porque lo que yo buscaba no era venganza. Era recuperar a mi familia antes de perderla para siempre.

Y así nació la fase dos.

Fin de Página 2/5 · Continúa en la Página 3
Comments